El secuestro

Me quedé de pie, contemplando lo que pensé sería mi ruta de escape. El tiempo corría y sabía con certeza que debía salir de ahí. Giré y encontré la cocina, al entrar aprecié una pequeña ventana encima de la estufa, tomé una silla y me subí hasta lograr abrirla, el corazón me dio un vuelco cuando descubrí que afuera no había mas que gigantescos árboles y perros guardianes. No importaba, prefería ser atacada por los canes a permanecer encerrada en este lugar.

–No lo entiendes, te estamos protegiendo –se escuchó una voz detrás de mí.

-Mierda –exclamé en voz alta.

Metí la cabeza por la apertura de la ventana pero era demasiado pequeña, sería imposible escapar por ahí. Los pensamientos comenzaron a  fluir por mi mente como saetas. ¿Si tomaba un cuchillo y mataba a la mujer? Y, ¿los perros? Amaba los animales, era incapaz de hacerle daño a alguno, pero si se trataba de mi vida…  Bajé de la silla y busqué un cuchillo en uno de los cajones, encontré uno grande y afilado, cerré mi mano trémula alrededor del mango. Al levantar la mirada apareció una silueta delante de mi, me costó trabajo enfocar la vista; la mujer rubia me sonreía, divertida.

–Suelta eso –me ordenó señalando el arma–, puedes hacerte daño.

Por un momento bajé la guardia, vi el cuchillo que apretaba mi mano y lo deposité en la barra de la cocina. La sonrisa de la mujer se ensanchó. Reaccioné de inmediato y aferré el arma de nuevo. La mujer se mantuvo en su lugar.

–¿Estás loca? Me tienes encerrada aquí y encima me ordenas que suelte esto –reclamé al tiempo que le apuntaba, amenazante, con el cuchillo.

–Él no estará nada contento con tu comportamiento –aseveró y su sonrisa se desdibujó de sus labios.

Sentí la adrenalina correr, una sensación conocida que me producía al principio calor, después frio. Me puse en guardia, estaba realmente asustada, no era lo mismo enfrentarme a Ella que a Él.

–Déjame salir y prometo no hacerte daño –aseguré en tono conciliador.

La mujer anduvo hacia mi con tal seguridad que se me erizó la piel.

–¿Qué quieres de mi? –pregunté mientras posicionaba el arma a la altura de mis muslos.

–Debes comer.

Me quedé muda ante su respuesta, aunque no sonara desafiante, mi temor aumentó de forma considerable; me faltaba el aire y mis piernas temblorosas amenazaban con no sostenerme en pie. Mi visión se hizo más estrecha, mis pensamientos vertiginosos. Respiré hondo. Sabía que no me encontraba en una situación favorable, pero no era momento de paralizarme. Logré enlentecer mi respiración y poco a poco me recompuse.

–¿Acaso no sabes dónde estas? –soltó de pronto la mujer.

Comencé a dudar, ¿Acaso lo sabía? El miedo me invadió de nuevo. Sin pensarlo dos veces, contesté, amenazante:

–Señora, o me deja salir o…

Iba a terminar la frase cuando se abrió la puerta. Un hombre alto y fornido ataviado con ropas negras, apareció en el umbral; nos contempló, de la misma manera que un depredador mira a su presa, con una seguridad intimidante.

–Te dije que la mantuvieras quieta –habló dirigiéndose a la mujer, quien, a modo de respuesta, desvió la mirada a sus pies.

Era bien parecido , de nariz recta y ojos claros, en la mano sostenía un maletín café oscuro. Lo observé, nerviosa. No tendría oportunidad de vencer a un hombre cómo él, ningún entrenamiento en artes marciales me serviría ahora. Instintivamente, sujeté con más fuerza el mango del cuchillo

-–Suelta eso, Laskia –me ordenó con voz ronca y autoritaria.

¿Cómo sabía mi nombre? ¿Quién era? La opresión en el pecho regresó.

–No, ábreme la puerta o la asesinaré –le advertí mientras me acercaba a la mujer, amenazante. La punta afilada de mi arma señaló el centro de su pecho.

El hombre sonrió, unos dientes blancos y perfectos enmarcaron su joven rostro. Un pequeño hoyuelo en la mejilla derecha se hizo visible mientras se ampliaba sonrisa. Era muy atractivo, fuerte, masculino y peligroso. El tipo de hombre que le dice a tus sentidos: corre, pero tu cuerpo se niega a hacerlo. No sé explicar el magnetismo producido por él, era embriagador. No podía creer que reaccionara de esa manera ante su presencia, no debía de ver nada positivo en él, me había secuestrado; podría ser un asesino o un violador. Emanaba tanto peligro…

Marchó en mi dirección, posicioné una pierna delante de la otra, a cuarenta y cinco grados, lista para atacar. Levanté ligeramente la daga y tensé los muslos. Me sonrió, divertido. Mi desconcierto fue mayor al  observarlo de cerca, tanto, que sin reparar en ello, bajé un poco la guardia. Al verlo a tan poca distancia, preparé mi ofensiva, me abalancé sobre él mientras dirigía el arma a su cuello. Me arrebató el cuchillo con un movimiento ágil y me propinó una cachetada que me hizo caer. Se me brotaron lágrimas, el ardor punzante de mi mejilla me recordó lo estúpida que había sido al pensar vencerlo; no quería hacerlo, pero comencé a llorar. La desesperación y desesperanza se mezclaron en un gemido; nunca en mi vida me había sentido tan indefensa. Una risa incontrolable me sacó de contexto, la señora se doblaba sobre sí misma y podía haber jurado que lloraba a causa de sus carcajadas. El hombre se aproximó a ella y la golpeó a puño cerrado en la cara. La mujer guardó silencio para después caer junto a mí. La miré con lástima, mi secuestrador era una criatura cruel, sus ojos mostraban un asqueroso gusto por el sufrimiento ajeno. Levanté un brazo para reconfortar a la mujer, pero unas manos fuertes me asieron. El hombre se inclinó sobre mí.

–Te lo advertí, Laskia –susurró a mi oído.

Se me hizo un nudo en el abdomen, sin quererlo comencé a temblar.

–Si deseas ir a dar una vuelta, con gusto te acompaño. Sola no irás a ningún lado.

No respondí , suspiré hondo y me rendí a la fuerza proveniente de sus manos. Pensé en mis padres, seguramente se hallaban muy preocupados, ellos no merecían esto. El hombre aflojó un poco mis muñecas y me levantó con cuidado. El dolor punzante en la cabeza comenzó de nuevo y la vista se me nubló.

–Sé que esto es difícil para ti, pero pronto lo entenderás –dijo mientras ponía una mano en mi frente. Me desvanecí.

 

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