Cuando Lathia conoció al Oscuro

Lathia se encontraba con Mawale, la mulata, renovando la magia de la puerta que mantenía a Moprayla escondida de otros reinos. Todo estaba sumamente tranquilo, incluso los lobos no se habían acercado en los últimos días. Lathia se sentía aburrida y frustrada por tener que llevar a cabo la labor asignada por su soberana. Era una guerrera, no una estúpida guardiana de la puerta. La mulata se vio obligada a volver al centro de su reino, Everún requería su presencia. Lathia soltó un suspiro, aliviada; no tenía que seguir rindiéndole cuentas a nadie, daría un paseo fuera de Moprayla, lejos del escrutinio de sus Hermanas y los animales que las protegían. Cerró los ojos y pronunció en furkano el conjuro para abrir la puerta. Un arco dorado se formó encima de ella y lo atravesó con una sonrisa.  Anduvo y anduvo hasta que se sintió lo suficientemente lejos del lugar que la vio nacer. Llegó a un pequeño lago en donde diversas aves descansaban. Ninguna azul, por fortuna, pensó. Se sentó a la orilla y asomó la cabeza para contemplar su reflejo; la movió hacia ambos lados para admirar su belleza y sonrió con soberbia. Metió uno de sus delicados dedos al agua y lo hizo girar hasta formarse un pequeño remolino. Retiró la mano y observó como el agua hacía movimientos cada vez más turbulentos; el remolino aumentó de tamaño y comenzó a arrastrar a las aves. Lathia dio un respingo y recitó un hechizo para contrarrestar el primero sin efecto alguno. Se puso en pie, preocupada. Un viento helado le azotó la espalda, tan fuerte que casi la hace caer. Cuando giró se encontró con unos ojos negros irradiantes de sabiduría y poder.

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