Cuando Lathia conoció al Oscuro, segunda parte

El tiempo se detuvo, el movimiento del agua cesó cuando el hombre encapuchado la miró fijamente, de inmediato regresó su atención a Lathia, quien mantenía una mano sobre la empuñadura de su espada. La hechicera no sabía que hacer, podía sentir una magia poderosa y antigua que irradiaba de esos ojos, ignoraba si sería capaz de hacerle frente pero aun así no se subordinaría a nada ni a nadie; nunca lo hizo con su soberana, menos aún con un hombre. Valerosa, dio un paso hacia él sin retirar la mano de la espada, al caminar fue desenvainándola hasta sostenerla frente a ella, justo en medio de su rostro. El intruso entrecerró los ojos y sonrió, malicioso. Lathia blandió su arma con movimientos circulares mientras se acercaba peligrosamente al hombre quien, sin dejar de sonreír, se quitó la capucha con una mano e hizo una exagerada reverencia, se detuvo a medio camino y contempló los ojos claros de la maga. Sus miradas se cruzaron por segundos que a Lathia le parecieron eternos, segundos en los que detuvo el ataque y bajó su espada. El hombre se irguió y anduvo lentamente hacia ella, se hallaban a pocos pasos cuando él tomó su mano y le  besó dorso esbozando la misma maliciosa sonrisa.

–No hay razón para ser descortés con un vagabundo –le dijo sin separar la vista de ella.

Lathia se mantuvo en silencio admirando la belleza de sus rasgos, su delgada y blanca piel, sus brazos fuertes y, esos ojos que la invitaban a cosas prohibidas. No pudo contener un suspiro.

–Volveremos a vernos, hermosa, estamos predestinados –habló mientras hacía otra reverencia y desaparecía en el espeso bosque.

El nacimiento de los leóbares II

 

Ambos animales se miraron a los ojos. El majestuoso leopardo prosiguió gruñendo, la intensidad del gruñido cambiaba de forma continua, por unos segundos era alto y grave para después convertirse en un ronroneo. El cánido paró la cola y enseñó los dientes mientras emitía un sonido parecido al del felino. Esperaba que su amenazante dentadura le ayudara a atemorizar al leopardo, si este último se lanzaba al ataque con seguridad la loba perdería. Si al menos pudiese dar una mordida a la jugosa presa… El leopardo dio un pequeño salto para situarse más cerca de ella, la loba podía escapar si giraba y se perdía en los pastizales; pero siempre existía el riesgo de ser alcanzada por un animal bien alimentado y con la suficiente fuerza como para levantar un venado con las fauces y subirlo a las ramas de un árbol. La loba no tenía opción, prefería tener la oportunidad de comer a la seguridad de morir. No esperó a que el leopardo diera el primer paso, se impulsó con las patas traseras para brincar hacia el cuello de su adversario. Sintió su aliento y el latir de su corazón cuando alcanzó la nuca del felino. Cerró el hocico y sacudió la cabeza. El leopardo levantó sus patas y abrazó la testa de la loba obligándola a aflojar la mordida, después soltó un zarpazo y la hirió en un costado. A pesar del dolor, no soltó por completo su agarre; si se separaba del leopardo las probabilidades de sobrevivir era pocas, el felino era bueno atacando a distancia y mucho más veloz que ella, la alcanzaría en segundos y la asesinaría.

Se enfrascaron en una lucha sangrienta, bastó un minuto para que ambos se sintieran debilitados y vulnerables. La loba no había comido en días y su contrincante era más fuerte, pero ahora tenía una herida importante en el cuello; podía ganar la batalla. Sin razón aparente, el leopardo retrocedió. La herida no era tan profunda como para darse por vencido, lo debilitaba, pero no lo suficiente. La loba sabía que aún se encontraba en desventaja.  Su oponente bajó las orejas e inclinó su cuerpo sobre las patas delanteras, su trasero quedó unos centímetros por encima de la cabeza. La loba no comprendió el gesto, estaba al tanto de que no era amenazador, aunque no sabía su significado. Un gruñido gutural salió de su garganta y, sin enseñar los dientes, el felino anduvo hacia a ella, sigiloso. Inmóvil, contempló los ojos miel que la observaban con impaciencia y sabiduría, se sintió bajo el escrutinio de una criatura poderosa y sumamente inteligente. Comenzó a jadear, la adrenalina era lo único que la mantenía en pie. Con un movimiento, su atacante se situó a centímetros de ella y le restregó su cuerpo como un minino lo haría con su dueño. El contacto le pareció extraño pero a la vez reconfortante. Se dejó caer, rendida bajo el sol del desierto y la protección de su nuevo amigo. En lo alto del cielo, un hermoso pájaro azul voló. Aleteó y descendió sobre el cuerpo del antílope, ladeó la cabeza y miró al hermoso ejemplar de la manada de lobos de Eleobar: un felino lamía su costado con la lengua alijada y acariciaba su cabeza utilizando una de sus patas.

“Bendigo la unión del leopardo y la loba”, escucharon en sus mentes, “Una nueva raza nacerá de ellos, será invencible e inmune a los influjos del mal.”

El ave revoloteó en el aire mientras dibujaba un círculo sobre ambos animales. El circulo se volvió visible de color azul-dorado, una esfera se formó de él y descendió cubriendo a la loba y al leopardo. El cánido se incorporó y miró, agradecida, al hermoso pájaro que dotó de magia su sangre y le dedicó una respetuosa reverencia.  Anglam, el pájaro azul, inclinó la cabeza y desapareció en el cielo del reino de Sathar.

El nacimiento de los leóbares

 

Una joven loba deambulaba cerca de Sathar. Llevaba caminando hacia el sur desde hacía días, huyendo de su manada. Había sido desterrada de su territorio por desafiar a la loba alfa; perdió la contienda y ahora vagaba por el mundo lejos de la protección que le proporcionaban los suyos. Ahora tenía que sobrevivir sola en un mundo lleno de peligros, donde se contaba que un hombre se hallaba en la búsqueda de seres para esclavizar sus almas. Los lobos estaban al tanto de ello, ahora más que nunca mantenían un estrecho contacto con las magas para protegerlas y que ellas los protegieran a cambio. Alejarse de la manada era casi un suicidio y la loba lo sabía, pero no pudo quedarse, si lo hubiese hecho la mataban; al menos huyendo tenía la oportunidad de sobrevivir.
Se adentró en un terreno llano, el sol estaba en lo más alto del cielo y calentaba la tierra a tal grado que a la loba le costaba jalar aire. Las acacias adornaban cada rincón del inhóspito territorio, los altos pastizales ocultaban peligros; cada movimiento en ellos debía de ser interpretado como una amenaza. Se alejaba de los pastizales cuando una fuerte ráfaga de viento le azotó la cara obligándola a retroceder; se sentía muy débil, llevaba días sin comer y su último sorbo de agua lo había tomado hacía horas. Se dejó caer, rendida, y cerró los ojos, sabía que debía cazar para sobrevivir pero su cuerpo no le respondía, incluso le costaba respirar.
Escuchó un gruñido bajo que se asemejaba a un ronroneo. El viento cambió de curso y pudo percibir el olor de la sangre. A duras penas se puso en pie y siguió el aroma de una presa recién cazada. No tardó mucho en encontrarla; se detuvo frente un antílope degollado, sus patas se movían de forma involuntaria y de su hocico salía sangre fresca. Se relamió y caminó, cautelosa, hacia el animal. De pronto, otro aroma se mezcló con el de la presa, era el de un depredador, uno que ella conocía bien: sanguinario, fuerte y solitario. Su pelo se erizó e irguió las orejas mientras dirigía su mirada a ambos flancos mientras andaba, silenciosa. Era peligroso pero necesitaba comer; el riesgo lo valía. Oyó de nuevo el ronroneo; la loba, a unos metros del antílope, se detuvo. Provenía detrás de ella y se acercaba cada vez más. El ronroneo se convirtió en un fuerte gruñido, la loba se volvió para encontrarse con un animal majestuoso; tenía el pelo corto color avellana cubierto de motas negras, sus orejas eran picudas, sus ojos color miel perfectamente delineados de negro. Era un felino grande, con músculos bien demarcados y garras para destrozar cualquier cosa. La loba le regresó el gruñido al tiempo que el leopardo la rodeaba, sigiloso. Comprendía que no podía vencerlo, pero sus instintos afloraban en un intento de sobrevivir. El felino enseñó los dientes, sus largos colmillos llenos de sangre resultaban aterradores. La raza de lobos a la que ella pertenecía había evolucionado; poseían doble hilera de dientes, sus patas se habían alargado y sus cabezas eran enormes. En condiciones normales, un lobo como ella podía luchar contra otros depredadores en igualdad de circunstancias, pero estaba demasiado débil…

Cuando Lathia conoció al Oscuro

Lathia se encontraba con Mawale, la mulata, renovando la magia de la puerta que mantenía a Moprayla escondida de otros reinos. Todo estaba sumamente tranquilo, incluso los lobos no se habían acercado en los últimos días. Lathia se sentía aburrida y frustrada por tener que llevar a cabo la labor asignada por su soberana. Era una guerrera, no una estúpida guardiana de la puerta. La mulata se vio obligada a volver al centro de su reino, Everún requería su presencia. Lathia soltó un suspiro, aliviada; no tenía que seguir rindiéndole cuentas a nadie, daría un paseo fuera de Moprayla, lejos del escrutinio de sus Hermanas y los animales que las protegían. Cerró los ojos y pronunció en furkano el conjuro para abrir la puerta. Un arco dorado se formó encima de ella y lo atravesó con una sonrisa.  Anduvo y anduvo hasta que se sintió lo suficientemente lejos del lugar que la vio nacer. Llegó a un pequeño lago en donde diversas aves descansaban. Ninguna azul, por fortuna, pensó. Se sentó a la orilla y asomó la cabeza para contemplar su reflejo; la movió hacia ambos lados para admirar su belleza y sonrió con soberbia. Metió uno de sus delicados dedos al agua y lo hizo girar hasta formarse un pequeño remolino. Retiró la mano y observó como el agua hacía movimientos cada vez más turbulentos; el remolino aumentó de tamaño y comenzó a arrastrar a las aves. Lathia dio un respingo y recitó un hechizo para contrarrestar el primero sin efecto alguno. Se puso en pie, preocupada. Un viento helado le azotó la espalda, tan fuerte que casi la hace caer. Cuando giró se encontró con unos ojos negros irradiantes de sabiduría y poder.

Los lazos van más allá de las palabras…

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Esta frase la escribí cuando terminé de crear Moprayla. Los lazos van más allá de las palabras; el amor es así, la mayoría de las veces no lo entendemos pero nos entregamos a él ciegamente. Además, lo intangible se transforma en misterio, muchas veces tan poderoso que convierte a ese amor en algo único e irrepetible. ¿Quién no se siente atraído por los misterios del amor?

Tessa y Yago

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Cuando la soberana se detuvo, Anya vio cómo dos animales se acercaban con cautela. El sol se filtraba por las ramas e iluminó el pelaje dorado de uno de ellos; su hocico era grande, afilado, elegante, sus ojos de color miel. Era Tessa, la loba alfa del territorio de Eleóbar. El otro tenía el pelo negro, su mirada resplandecía con la luz y hacía ver sus ojos más azules de lo que realmente eran. Se llamaba Yago, el compañero de Tessa. Anya los conocía bien; la manada que habitaba cerca de su reino las había protegido siempre.

Lumantrun

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Es el soberano del reino de la lava. Puede leer las intensiones de animales, insectos, humanos y magos. Protege a los muranos, una raza de forajidos y desterrados; antes eran humanos, pero con el paso del tiempo la radiación de los volcanes de Febermur los cambió de forma: piel roja, visión pobre y músculos fuertes.

Anglam

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El más noble y antiguo de los pájaros azules. Es sabio y protector. Su magia es tan pura como la de otras aves azules, pero posee mucho más poder. Anglam es consejero y amigo de la soberana de Moprayla, quien lo protege contra la magia de Rashmún.

Almas esclavizadas por el Oscuro

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Las almas encima de los árboles de Derkraven danzaban al compás del viento, algunas se aventuraban a subir más allá de las copas mientras que otras se mantenían casi al nivel del suelo. Las habían azules, grises, negras…. Las azules eran las más pequeñas, pertenecieron a pájaros que las magas de Moprayla protegían, aquellos capaces de dar y crear la magia. El Oscuro los secuestraba, sustraía su poder y lo utilizaba para crear seres de mal corazón.